Romance entre dos porterías

FC United of ManchesterStalybridge no es excesivamente grande. Tendrá alrededor de 20.000 habitantes. Para que se hagan una idea, está más al norte latitudinalmente que Berlín y estamos en mitad de enero. Así que sí, ha nevado. Supongo que para los vecinos de Stalybridge que esté nevando en pleno enero es normal, pero a mí me parece extraordinario. Hace del viaje, del partido que voy a presenciar, algo más épico si cabe. ¿Cómo diablos explicar que uno, de viaje a Manchester, acabe un domingo al mediodía en una localidad 15 kilómetros al este de la ciudad para ver un partido del séptimo nivel del fútbol inglés?

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La Eurocopa del 64

Artículo de Laura Benito.                                 

A medida que avanzaba la primavera, los chopos que crecían junto al pozo se despedían de la negrura de sus hojas, dando la bienvenida  a los tonos cálidos.

Allí arriba, desde el lomo de la peña Mariesteban, se vislumbraban todas las tierras. Las de don Eduardo cada día mermaban más por la parsimonia de su dueño mientras que las de Don Epifanio, que lindaban junto al campo de fútbol, parecían multiplicarse al son del milagro de los panes y los peces que nos contaba el señor cura. Era en esos terrenos donde Epi acumulaba cada año la leña que consumiría después en los gélidos inviernos castellanos. Él siempre me contaba, cuando nos recostábamos en los almendros que poseía, que su máxima en la vida era “el que algo quiere, algo le cuesta”. Sigue leyendo

La profesión va por dentro [Parte III]

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Pero el tiempo pone las cosas en su sitio, y con el paso de los años me he dado cuenta que el fútbol tiene sus propias leyes internas de equilibrio y justicia. Así que allí estábamos de nuevo, 44 años después, Alemania, Inglaterra y yo. 9.500 kilómetros de distancia separaban Wembley del Free Stadion de Bloemfontein, sede del partido de octavos de final del Mundial de Sudáfrica 2010 que enfrentaba a estas dos escuadras. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Mi apariencia, entre otras cosas. De cuadrado pasé a redondo, y de estar hecho de madera antaño a disfrutar de un cutis bien cuidado de materiales más resistentes al paso del tiempo. Después del 66, el árbitro comenzó a extender tarjetas de colores para amonestar a los jugadores. Para evitar barreras idiomáticas dicen. Qué sabios son estos de la FIFA.Alemania Inglaterra 2010

Total que ahí estaban los Rooney, Gerrard, Lampard, Özil, Müller y Klose para emular a sus antecesores de Wembley. Alemania partía como gran favorita en la eliminatoria por el gran juego de toque desplegado hasta entonces, mientras Inglaterra se mantenía con grandes dificultades en la competición tras una paupérrima liguilla. Pero bueno, ya sabéis como es esto. Fútbol es fútbol, y cualquier cosa inesperada podía pasar.

La cierto es que los germanos comenzaron fuertes en el partido y se adelantaron 2-0 en la primera media hora. Aquello era un descalabro defensivo de los británicos. Sin embargo, un remate de cabeza de Upson metió a los pross de nuevo en la contienda. Y fue entonces, en el minuto 38, cuando el fútbol equilibró los platillos de su balanza de la justicia. Inglaterra apretaba, y fruto de ello Lampard aprovechó un rebote en el balcón del área para enganchar un disparo que superó por alto a Neuer, que hacia las veces de Tilkowski en este déjà-vu futbolístico. De nuevo un balón, en una Copa del Mundo, y salido del pie de un compatriota se dirigía inminentemente hacia mí. Me dio tiempo a comprobar la trayectoria y constaté que sin moverme el balón descendería y botaría en el interior del arco. Lo mejor no era tomar cartas en el asunto tras las malas experiencias vividas. Dicho y hecho. El cálculo salió perfecto, pero el uruguayo Jorge Larrionda, el réferi de la contienda, no debía ser un gran experto matemático porque no lo dio como válido. Millones de ingleses celebraban en sus casas, en los bares, en la calle, en el estadio. Creo que hay pocos momentos más ridículos que aquel en el que te das cuenta que estás festejando por algo que en realidad no ha ocurrido. Porque la bola botó indudablemente dentro, pero el gol nunca existió. Le pasó a Capello en el banquillo. La incredulidad se apoderó de todos. Pobre madre de Jorge Larrionda, la de improperios que recaerían sobre ella durante toda aquella noche y los siguientes días. Y claro, os podéis imaginar la que vino después con el debate de la implantación de nuevas tecnologías en un deporte con más de 150 años de historia. Pero nada, Blatter sigue aún en sus trece. ¡Ay si yo pudiera hablar! La de disgustos e infartos que le podría ahorrar a esos maltratados corazones mantenidos en vilo hasta el colapso. Mas ya sabéis, las cosas del campo quedan en el campo, y nosotros nunca hemos sido paradigma de la oratoria.

Nada que ver tienen estos dos nefastos recuerdos con lo que me ocurrió en una noche de verano argentina. Era enero, pero ya sabéis que con esta locura hemisférica, cuando en el norte es invierno, en el sur es lo contrario y viceversa. De aquel día guardo uno de mis mejores recuerdos, de los que dibujan una sonrisa en la cara cuando la memoria rescata el pasaje. Viajé hasta La Plata para formar parte del Torneo Pentagonal, una competición veraniega de preparación para el campeonato doméstico, disputado por los llamados cinco grandes del país, a saber: Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo. Los cinco de Buenos Aires. Además la circunstancia se aprovechaba para llevar el espectáculo del balón a zonas interiores donde habitualmente no se podía disfrutar. Lo ocurrido tuvo como escenario el estadio Jose María Minella, sede de algunos partidos del Mundial de 1978, entre ellos tres de Brasil. Es decir, que ya había ahí un cierto poso de calidad y buen fútbol.

Por si fuera poco, se disputaba aquel día el Superclásico argentino Boca-River, y ya sabemos que entre estos dos gigantes no hay amistoso que valga, así que el ambiente era de aquellos de los que ponen el vello de punta al sentir la vibración de las gradas. Boca ya se había adelantado con un gol de Battaglia, aquel centrojás que recordarán por su estancia en Villarreal, cuando Riquelme medía los pasos para patear una falta lateral, de las típicas que se ponen al corazón del área para que el central, en un salto atlético, haga el resto. Pero ya sabéis como es Román, puro talento y pillería con un guante por pie. El balón cogió un efecto endiablado hacia la portería que cazó por sorpresa a Carrizo, el arquero de los millonarios, que reaccionó in extremis en un endiablado escorzo que le permitió rozar el cuero lo suficiente para que yo hiciera el resto elevándolo a las nubes. El balón no quiso salir del campo y su descenso lo esperaba entre otros el Loco Palermo, como si de un carroñero hambriento a la espera de su ración se tratara. Carrizo no tuvo tiempo de reaccionar, pero al delantero xeneize le pudo la impaciencia por anotar y me agarró como nunca nadie me ha agarrado antes. Se suspendió en el aire colgándose de mí, y con un cabezazo limpio introdujo claramente la pelota en el interior de la meta rival, a pesar de los intentos de los defensas franjirrojos por intentar evitarlo. Fue bautizado como el gol del murciélago. Salí en casi todos los medios, y fui una estrella fugaz de Youtube durante algunos días. Seguramente todo el mundo se fijaba en ‘el optimista del gol’, como lo había bautizado Bianchi, pero para mí fue una experiencia inolvidable. Nunca nadie me había tenido en consideración, y aunque mi fama fuera efímera, sirvió para compensar tantas y tantas salvajadas sufridas a lo largo de los años. Porque sí, me diréis que le han puesto mi nombre a un programa radiofónico y que he disfrutado de la historia del fútbol como nadie lo ha hecho, pero también he aguantado sin rechistar tantos balonazos, tantos dolores provocados por aficionados y futbolistas exaltados celebrando sus victorias sobre nosotros, tantas vergüenzas y penurias como la de abril de 1998, cuando unos energúmenos me tiraron al suelo en toda una semifinal de Champions entre el Real Madrid y el Borussia de Dortmund, que mi labor merecía al menos un gesto de reconocimiento.

Palermo Murciélago

Y es que nadie se acuerda de nosotros, pero los largueros, aunque permanezcamos imperturbables e indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor y nunca levantemos la voz para protestar, aunque pasemos inadvertidos por la mayor parte de la gente, seguimos ahí. Y hemos vivido muchas cosas que, en la mayoría de casos, se quedarán sin contar. Porque ya lo dicen: “lo que pasa en el campo, queda en el campo”.

La «profesión» va por dentro [Parte II]

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Con 137 años de vida os podéis imaginar la cantidad de cosas que he presenciado. He sido espectador de lujo de las grandes genialidades de la historia futbolística, pero también de las mayores atrocidades. Pocas como la vivida en julio de 1966.

Alemania Inglaterra 1966Tras varios años intentando conseguir la celebración de un Mundial, mi país Inglaterra había conseguido ser anfitriona de la octava Copa del Mundo de Fútbol. De esta manera se cerraba el círculo y el fútbol, que había salido de las islas para convertirse en un fenómeno de masas en todo el globo, regresaba a sus orígenes, donde 103 años antes se había fundado la Football Association, conocida por sus siglas FA, determinante en la formulación de las reglas del fútbol moderno. Y allí estaba yo para vivirlo, en mi casa, atenazado pero dispuesto a hacerlo lo mejor posible.

Brasil era la favorita. Había conquistado los dos últimos Campeonatos Mundiales y encandilaba a las masas y también a mí con su juego de toque, pausado y rebosante de técnica capaz de desarbolar a cualquier combinado. Pero en Europa, hartos ya del dominio carioca, comenzaron a perfeccionar sus tácticas defensivas, en busca de un mayor control y una mejor contención del juego creativo desplegado por los sudamericanos. El resto lo ponía una gran generación de delanteros rápidos y rematadores que comenzó a dar sus frutos en las Islas Británicas. Así fue como Alemania e Inglaterra llegaron a la final de Wembley, la catedral del fútbol, un 30 de julio de 1966. La reina Isabel presidía el juego decisivo, a la espera de poder entregar la copa Jules Rimet a sus compatriotas. En torno a 20 grados, con nubes y claros, el día era apacible para estar a punto de entrar en el caluroso agosto.

La final, más o menos como el torneo al completo, tampoco fue una maravilla del otro mundo. Era la primera final para los locales, y la segunda para los teutones, que consiguieron la victoria en 1954, en lo que se conoció como ‘el milagro de Berna’. Los nervios y la responsabilidad hicieron del enfrentamiento un lance frío y prudente. Se adelantó Alemania, pero Inglaterra, con Peters y Hurst, le dieron la vuelta al marcador. Cuando ya saboreaban las mieles del triunfo, Alemania hizo de las suyas y comenzó a forjar esa leyenda de equipo competitivo y peligroso del que uno no se puede fiar hasta que el trencilla hace su hat trick de silbidos. En una jugada a la desesperada, una falta que en realidad no había sido nada, con barullo incluído para dotarlo de mayor épica, Weber pescó un balón suelto en el área pequeña para forzar la prórroga. En Wembley se escuchó el silencio.

Alemania sobrevivía a duras penas en el partido, y yo me moría de ganas de que mi país pudiera alzarse con su primer reinado mundial. Inglaterra conservaba mayores fuerzas y dominó la muerte súbita. Fue entonces cuando sucedió. En el minuto once, Allan Ball, como un resorte, corrió la banda para centrar y mandar el balón al punto de penalti. Lo vi venir, era momento de entrar en acción. El balón lo recogió Geoffrey Hurst, se revolvió con destreza en el área, y medio cayéndose enganchó un derechazo que salió disparado hacia mí sin que Tilkowski pudiera detener su trayectoria. Esos segundos en los que el balón recorrió la distancia entre su pie y mi cuerpo se me hicieron eternos. Me vino a la mente toda mi carrera profesional, debatí en mi fuero interior si debía hacer algo para ayudar a mi país o simplemente dejar que el curso natural de las cosas hiciera lo que estaba previsto. La cosa es que me extendí demasiado en mis reflexiones introspectivas, y cuando me quise dar cuenta el balón me estaba impactando. El cuero comenzó a descender con violencia hasta el piso, y se dejo caer sobre la linea de cal. La acción me pareció clarísima desde mi punto de vista, que es excelente para estas cuestiones. Los ingleses levantaban los brazos en celebración, los germanos lo hacían para negar con las manos. El árbitro suizo Dienst se mostró dubitativo, y se acercó a la banda para consultar la jugada con su asistente, el soviético Bakhamarov. Asintió con la cabeza y el tanto subió al marcador. Las gradas explotaron en júbilo. En aquel momento había muchos focos a los que prestar atención antes que a mí. Si alguien hubiera dirigido su mirada hacia la portería, hubiera visto como mi rostro, paradigma de la blancura y la palidez, se tornó sonrojado. Lo que acababa de ocurrir pesaría en la historia del fútbol, que nunca olvida, durante años. “Tengo una gran deuda con Tofik Bakharamov”, afirmó Hurst, tras comprobarse científicamente tiempo después que la pelota nunca entró. El asistente se llevó aquel gol a la tumba, ya como azerbaiyano.Alemania Inglaterra 1966

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