La Eurocopa del 64

Artículo de Laura Benito.                                 

A medida que avanzaba la primavera, los chopos que crecían junto al pozo se despedían de la negrura de sus hojas, dando la bienvenida  a los tonos cálidos.

Allí arriba, desde el lomo de la peña Mariesteban, se vislumbraban todas las tierras. Las de don Eduardo cada día mermaban más por la parsimonia de su dueño mientras que las de Don Epifanio, que lindaban junto al campo de fútbol, parecían multiplicarse al son del milagro de los panes y los peces que nos contaba el señor cura. Era en esos terrenos donde Epi acumulaba cada año la leña que consumiría después en los gélidos inviernos castellanos. Él siempre me contaba, cuando nos recostábamos en los almendros que poseía, que su máxima en la vida era “el que algo quiere, algo le cuesta”.

Por aquel entonces, lo que a mí me costaba era que la chavalería de mi calle me tomase en serio y me invitase a jugar al fútbol. Sí, era el mayor de ocho hijos, de don Felipe y doña Mariana, pero aún era el mozo al que todos ignoraban en la travesía Colón. “Tienes que correr más, como el corzo cuando huye por el Vallejo al ver la escopeta del señor alcalde”, decían. Y yo intentaba seguir sus directrices. Para ello, cuando las tareas me daban un respiro, corría cinco kilómetros. Pensaba que si quería ser como el corzo, sería mejor descalzarme y aligerar el ritmo aunque las chinas y las zarabujas se me clavasen en los talones. Pero aquella ardua tarea tuvo finalmente recompensa.

Desde que había aprendido a sumar los cestos de uva que mi padre era capaz de portar en la temporada de vendimia, el campo donde jugábamos había cambiado de ubicación. Los más mayores decían ser sabios en la materia y que por ello, los cardos que habían aparecido en el campo donde jugaban, era causa más que razonable para abandonarlo. De ahí pasaron a jugar con vistas a Burgos. El nuevo escenario permitía que el portero menos avispado se distrajera intentando adivinar dónde ponía punto y final el horizonte castellano. El consejo de expertos en fútbol cambiaba entonces de opinión y otra vez procedíamos al traslado, buscando un nuevo terreno. Al menos, eran poco los bártulos que teníamos que cargar. Recuerdo que la portería que aguardaba Ricardo estaba constituida por varios maderos que su padre, que decían que tenía un arte en las manos para tratar la madera, había estado limando con tesón y apenas pesaban.

Eurocopa del 64

Aquella tarde, cuando el ocaso quedaba reflejado en el rostro de don Epi –que seguía desde sus eras, apostado en sus árboles todos y cada uno de los movimiento de los niños en el terreno de juego- tocó el turno de debutar. La partida de ese día no era una cualquiera. El hijo del alcalde, que capitaneaba mi equipo, estrenaba unas zapatillas compradas en Madrid. Aunque presumía con orgullo de su nueva adquisición, no paraba de realizar aspavientos porque los diez muchachos que estaban a sus órdenes perdían contra el equipo contrario. Y no era para menos. La rivalidad que existía entre los de mi pueblo y la villa que estaba a seis kilómetros quedaba escenificada entre dos porterías. El griterío, el sudor resbalando por la frente, las heridas por defender la posesión de juego…

Tras casi una hora de batalla se respiraba en el ambiente más cansancio que júbilo. Tan solo faltaban unos minutos para que, según lo pactado, finalizase el juego. Íbamos perdiendo 2-1. “Esto es una vergüenza…”, no paraba de decir el capitán. Así que, en cuanto por su boca soltó aquellas palabrerías, fijó su mirada en mí. “¡Vamos muchacho! Espabila, que te cambio por el Manolo que ya no puede más con su alma…”. Ahí estaba yo. Más parado que en movimiento. Sin saber si tenía que jugar de defensa o de delantero. Sin saber si mis dos piernas iban a darme la oportunidad de demostrar que ya era rápido con la pelota. Sonreí porque quizás era la oportunidad buena o, más bien, la única en lo que quedaba de verano. Entonces Epi, que todavía seguía acurrucado en el tronco de sus árboles escuchando la radio, pegó un grito. “¡España ha ganado la Eurocopa!, ¡Hemos ganado!”, exclamaba eufórico.

Ya todo daba igual. No importaba que dejásemos la competición sin finalizar. Que hubiésemos perdido ya era lo de menos. E incluso me era indiferente que no hubiese hecho gala de mis destrezas futbolísticas. Los muchachos corrimos hacia ese aparato mágico por el que escuchábamos la voz de un señor que retransmitía lo que estaba pasando en el estado Santiago Bernabéu. “¡Hemos ganado!, ¡Hemos ganado!”, chillábamos.

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3 pensamientos en “La Eurocopa del 64

  1. Me gusta, se lee bien, me recuerda a Delibes. Las fuentes de temas en Castilla son inagotables, con una liebre se hace un libro, con una infancia una biblioteca.

  2. Me ha gustado bastanete , me retrotrae a mis partidos de la infancia en el pueblo, el campo de tierra , las porterias rusticas, la equipacion inexistente , el balon de cuero marron gastado………Me parece que en la foto esta tu padre ¿no?

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