La profesión va por dentro [Parte III]

Aquí puedes leer La «profesión» va por dentro [Parte II]

 

Pero el tiempo pone las cosas en su sitio, y con el paso de los años me he dado cuenta que el fútbol tiene sus propias leyes internas de equilibrio y justicia. Así que allí estábamos de nuevo, 44 años después, Alemania, Inglaterra y yo. 9.500 kilómetros de distancia separaban Wembley del Free Stadion de Bloemfontein, sede del partido de octavos de final del Mundial de Sudáfrica 2010 que enfrentaba a estas dos escuadras. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Mi apariencia, entre otras cosas. De cuadrado pasé a redondo, y de estar hecho de madera antaño a disfrutar de un cutis bien cuidado de materiales más resistentes al paso del tiempo. Después del 66, el árbitro comenzó a extender tarjetas de colores para amonestar a los jugadores. Para evitar barreras idiomáticas dicen. Qué sabios son estos de la FIFA.Alemania Inglaterra 2010

Total que ahí estaban los Rooney, Gerrard, Lampard, Özil, Müller y Klose para emular a sus antecesores de Wembley. Alemania partía como gran favorita en la eliminatoria por el gran juego de toque desplegado hasta entonces, mientras Inglaterra se mantenía con grandes dificultades en la competición tras una paupérrima liguilla. Pero bueno, ya sabéis como es esto. Fútbol es fútbol, y cualquier cosa inesperada podía pasar.

La cierto es que los germanos comenzaron fuertes en el partido y se adelantaron 2-0 en la primera media hora. Aquello era un descalabro defensivo de los británicos. Sin embargo, un remate de cabeza de Upson metió a los pross de nuevo en la contienda. Y fue entonces, en el minuto 38, cuando el fútbol equilibró los platillos de su balanza de la justicia. Inglaterra apretaba, y fruto de ello Lampard aprovechó un rebote en el balcón del área para enganchar un disparo que superó por alto a Neuer, que hacia las veces de Tilkowski en este déjà-vu futbolístico. De nuevo un balón, en una Copa del Mundo, y salido del pie de un compatriota se dirigía inminentemente hacia mí. Me dio tiempo a comprobar la trayectoria y constaté que sin moverme el balón descendería y botaría en el interior del arco. Lo mejor no era tomar cartas en el asunto tras las malas experiencias vividas. Dicho y hecho. El cálculo salió perfecto, pero el uruguayo Jorge Larrionda, el réferi de la contienda, no debía ser un gran experto matemático porque no lo dio como válido. Millones de ingleses celebraban en sus casas, en los bares, en la calle, en el estadio. Creo que hay pocos momentos más ridículos que aquel en el que te das cuenta que estás festejando por algo que en realidad no ha ocurrido. Porque la bola botó indudablemente dentro, pero el gol nunca existió. Le pasó a Capello en el banquillo. La incredulidad se apoderó de todos. Pobre madre de Jorge Larrionda, la de improperios que recaerían sobre ella durante toda aquella noche y los siguientes días. Y claro, os podéis imaginar la que vino después con el debate de la implantación de nuevas tecnologías en un deporte con más de 150 años de historia. Pero nada, Blatter sigue aún en sus trece. ¡Ay si yo pudiera hablar! La de disgustos e infartos que le podría ahorrar a esos maltratados corazones mantenidos en vilo hasta el colapso. Mas ya sabéis, las cosas del campo quedan en el campo, y nosotros nunca hemos sido paradigma de la oratoria.

Nada que ver tienen estos dos nefastos recuerdos con lo que me ocurrió en una noche de verano argentina. Era enero, pero ya sabéis que con esta locura hemisférica, cuando en el norte es invierno, en el sur es lo contrario y viceversa. De aquel día guardo uno de mis mejores recuerdos, de los que dibujan una sonrisa en la cara cuando la memoria rescata el pasaje. Viajé hasta La Plata para formar parte del Torneo Pentagonal, una competición veraniega de preparación para el campeonato doméstico, disputado por los llamados cinco grandes del país, a saber: Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo. Los cinco de Buenos Aires. Además la circunstancia se aprovechaba para llevar el espectáculo del balón a zonas interiores donde habitualmente no se podía disfrutar. Lo ocurrido tuvo como escenario el estadio Jose María Minella, sede de algunos partidos del Mundial de 1978, entre ellos tres de Brasil. Es decir, que ya había ahí un cierto poso de calidad y buen fútbol.

Por si fuera poco, se disputaba aquel día el Superclásico argentino Boca-River, y ya sabemos que entre estos dos gigantes no hay amistoso que valga, así que el ambiente era de aquellos de los que ponen el vello de punta al sentir la vibración de las gradas. Boca ya se había adelantado con un gol de Battaglia, aquel centrojás que recordarán por su estancia en Villarreal, cuando Riquelme medía los pasos para patear una falta lateral, de las típicas que se ponen al corazón del área para que el central, en un salto atlético, haga el resto. Pero ya sabéis como es Román, puro talento y pillería con un guante por pie. El balón cogió un efecto endiablado hacia la portería que cazó por sorpresa a Carrizo, el arquero de los millonarios, que reaccionó in extremis en un endiablado escorzo que le permitió rozar el cuero lo suficiente para que yo hiciera el resto elevándolo a las nubes. El balón no quiso salir del campo y su descenso lo esperaba entre otros el Loco Palermo, como si de un carroñero hambriento a la espera de su ración se tratara. Carrizo no tuvo tiempo de reaccionar, pero al delantero xeneize le pudo la impaciencia por anotar y me agarró como nunca nadie me ha agarrado antes. Se suspendió en el aire colgándose de mí, y con un cabezazo limpio introdujo claramente la pelota en el interior de la meta rival, a pesar de los intentos de los defensas franjirrojos por intentar evitarlo. Fue bautizado como el gol del murciélago. Salí en casi todos los medios, y fui una estrella fugaz de Youtube durante algunos días. Seguramente todo el mundo se fijaba en ‘el optimista del gol’, como lo había bautizado Bianchi, pero para mí fue una experiencia inolvidable. Nunca nadie me había tenido en consideración, y aunque mi fama fuera efímera, sirvió para compensar tantas y tantas salvajadas sufridas a lo largo de los años. Porque sí, me diréis que le han puesto mi nombre a un programa radiofónico y que he disfrutado de la historia del fútbol como nadie lo ha hecho, pero también he aguantado sin rechistar tantos balonazos, tantos dolores provocados por aficionados y futbolistas exaltados celebrando sus victorias sobre nosotros, tantas vergüenzas y penurias como la de abril de 1998, cuando unos energúmenos me tiraron al suelo en toda una semifinal de Champions entre el Real Madrid y el Borussia de Dortmund, que mi labor merecía al menos un gesto de reconocimiento.

Palermo Murciélago

Y es que nadie se acuerda de nosotros, pero los largueros, aunque permanezcamos imperturbables e indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor y nunca levantemos la voz para protestar, aunque pasemos inadvertidos por la mayor parte de la gente, seguimos ahí. Y hemos vivido muchas cosas que, en la mayoría de casos, se quedarán sin contar. Porque ya lo dicen: “lo que pasa en el campo, queda en el campo”.

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