La «profesión» va por dentro [Parte II]

Aquí puedes leer La «profesión» va por dentro [Parte I]

 

Con 137 años de vida os podéis imaginar la cantidad de cosas que he presenciado. He sido espectador de lujo de las grandes genialidades de la historia futbolística, pero también de las mayores atrocidades. Pocas como la vivida en julio de 1966.

Alemania Inglaterra 1966Tras varios años intentando conseguir la celebración de un Mundial, mi país Inglaterra había conseguido ser anfitriona de la octava Copa del Mundo de Fútbol. De esta manera se cerraba el círculo y el fútbol, que había salido de las islas para convertirse en un fenómeno de masas en todo el globo, regresaba a sus orígenes, donde 103 años antes se había fundado la Football Association, conocida por sus siglas FA, determinante en la formulación de las reglas del fútbol moderno. Y allí estaba yo para vivirlo, en mi casa, atenazado pero dispuesto a hacerlo lo mejor posible.

Brasil era la favorita. Había conquistado los dos últimos Campeonatos Mundiales y encandilaba a las masas y también a mí con su juego de toque, pausado y rebosante de técnica capaz de desarbolar a cualquier combinado. Pero en Europa, hartos ya del dominio carioca, comenzaron a perfeccionar sus tácticas defensivas, en busca de un mayor control y una mejor contención del juego creativo desplegado por los sudamericanos. El resto lo ponía una gran generación de delanteros rápidos y rematadores que comenzó a dar sus frutos en las Islas Británicas. Así fue como Alemania e Inglaterra llegaron a la final de Wembley, la catedral del fútbol, un 30 de julio de 1966. La reina Isabel presidía el juego decisivo, a la espera de poder entregar la copa Jules Rimet a sus compatriotas. En torno a 20 grados, con nubes y claros, el día era apacible para estar a punto de entrar en el caluroso agosto.

La final, más o menos como el torneo al completo, tampoco fue una maravilla del otro mundo. Era la primera final para los locales, y la segunda para los teutones, que consiguieron la victoria en 1954, en lo que se conoció como ‘el milagro de Berna’. Los nervios y la responsabilidad hicieron del enfrentamiento un lance frío y prudente. Se adelantó Alemania, pero Inglaterra, con Peters y Hurst, le dieron la vuelta al marcador. Cuando ya saboreaban las mieles del triunfo, Alemania hizo de las suyas y comenzó a forjar esa leyenda de equipo competitivo y peligroso del que uno no se puede fiar hasta que el trencilla hace su hat trick de silbidos. En una jugada a la desesperada, una falta que en realidad no había sido nada, con barullo incluído para dotarlo de mayor épica, Weber pescó un balón suelto en el área pequeña para forzar la prórroga. En Wembley se escuchó el silencio.

Alemania sobrevivía a duras penas en el partido, y yo me moría de ganas de que mi país pudiera alzarse con su primer reinado mundial. Inglaterra conservaba mayores fuerzas y dominó la muerte súbita. Fue entonces cuando sucedió. En el minuto once, Allan Ball, como un resorte, corrió la banda para centrar y mandar el balón al punto de penalti. Lo vi venir, era momento de entrar en acción. El balón lo recogió Geoffrey Hurst, se revolvió con destreza en el área, y medio cayéndose enganchó un derechazo que salió disparado hacia mí sin que Tilkowski pudiera detener su trayectoria. Esos segundos en los que el balón recorrió la distancia entre su pie y mi cuerpo se me hicieron eternos. Me vino a la mente toda mi carrera profesional, debatí en mi fuero interior si debía hacer algo para ayudar a mi país o simplemente dejar que el curso natural de las cosas hiciera lo que estaba previsto. La cosa es que me extendí demasiado en mis reflexiones introspectivas, y cuando me quise dar cuenta el balón me estaba impactando. El cuero comenzó a descender con violencia hasta el piso, y se dejo caer sobre la linea de cal. La acción me pareció clarísima desde mi punto de vista, que es excelente para estas cuestiones. Los ingleses levantaban los brazos en celebración, los germanos lo hacían para negar con las manos. El árbitro suizo Dienst se mostró dubitativo, y se acercó a la banda para consultar la jugada con su asistente, el soviético Bakhamarov. Asintió con la cabeza y el tanto subió al marcador. Las gradas explotaron en júbilo. En aquel momento había muchos focos a los que prestar atención antes que a mí. Si alguien hubiera dirigido su mirada hacia la portería, hubiera visto como mi rostro, paradigma de la blancura y la palidez, se tornó sonrojado. Lo que acababa de ocurrir pesaría en la historia del fútbol, que nunca olvida, durante años. “Tengo una gran deuda con Tofik Bakharamov”, afirmó Hurst, tras comprobarse científicamente tiempo después que la pelota nunca entró. El asistente se llevó aquel gol a la tumba, ya como azerbaiyano.Alemania Inglaterra 1966

Aquí puedes leer La «profesión» va por dentro [Parte III]

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