La «profesión» va por dentro [Parte I]

La profesión va por dentro

Llegué a esto del fútbol muy temprano, centuria y media hace desde que un día comencé en mi pueblo natal Sheffield a formar parte de esta vorágine pasional. Y no fueron inicios fáciles que digamos. En aquel año de 1875 murió Larousse, el precursor de las archiconocidas enciclopedias, y nacieron algunos de los genios de la literatura española que luego integrarían la lustrosa Generación del 98, como era el caso de Ramiro de Meztu y Antonio Machado. Digo esto porque a mi siempre me gustó leer, no creáis. Portugal acababa de abolir la esclavitud en todos aquellos territorios que se denominan de ultramar, término que inevitablemente me lleva a imaginar a un grupo de radicales seguidores que alientan a un equipo con alguna misteriosa relación con las aguas saladas. Cosas de la deformación profesional. En definitiva, fue un año caracterizado por las continuas transformaciones. En España, una especie de simbiosis nociva hizo que la inestabilidad de la política se trasladara al fútbol. Los incesantes cambios en la I República, con varios proyectos que nunca terminaron de cuajar se asemejaron por aquel entonces a las frecuentes alteraciones del reglamento. Para muestra un botón. Por aquella época no había ni siquiera áreas, y por tanto tampoco había posibilidad de infligir esa ansiada ‘pena máxima’ al infractor. Antes de la regla del penalti, la falta cometida sobre un rival en posición privilegiada para marcar se castigaba con la concesión del tanto para el equipo contrario. Imaginaos la desgracia que hubiera supuesto la inexistencia del penal. Privarnos de una maravilla estética como el lanzamiento de Panenka en el pequeño Maracaná de Belgrado en aquella final del 76, o el de Zidane en 2006 en toda una señora final de Mundial no hubiera tenido perdón de Maradona. Sin embargo, mi llegada al mundillo se produjo para sustituir a una mísera cinta y dar así forma definitiva a lo que tantos jugadores han anhelado: el arco. A pesar de los vaivenes de la época, no puedo tener queja alguna. Siempre conté con la ayuda y la experiencia de mis padres, que llevan en esto desde los inicios, y que han sabido tener la paciencia suficiente para aguantarme día sí y día también. Cada uno por su lado, pero siempre dispuestos a ofrecerme su apoyo. Qué hubiera sido de mí sin ellos…

Aquella década también llegaron conmigo para quedarse otros novatos en la materia, como el córner y la figura del árbitro, aunque cierto es que ninguna innovación me marcó tanto como la aprobación de una nueva posición en el campo: la del arquero, meta o guardavallas. El portero fue el primer jugador en poder coger y retener la pelota con las manos y a día de hoy mantiene esa privilegiada condición, aunque algún trasnochado se empeñe todavía en quitarle protagonismo mientras saca a relucir sus más privadas envidias. Si no que le pregunten a Peter Shilton, que tuvo que ver como El Pelusa utilizaba la que es su herramienta en el campo para marcar gol, antítesis de su función original, la de deshacer alegrías y aguar fiestas, objetivo inherente a todo guardián que se precie a la puerta del festejo del balompié que supone el gol. Por eso se utiliza el término mitológico can Cerbero, el perro de tres cabezas que guardaba la puerta del inframundo griego, para referirse a ellos.

Siempre he tenido una cierta compasión de los porteros, y con muchos de ellos una relación íntima que en ocasiones ha rozado lo espiritual. La superstición está a la orden del día en un deporte a merced de la aleatoriedad causada por la gran cantidad de factores que hacen de él algo impredecible, y el portero es el máximo exponente de este aura de fetichismo. Juan Villoro (ya les dije que me gusta cultivarme) suele decir que el portero, por aquello de ser el jugador que más tiempo tiene para pensar gracias a los largos periodos que puede estar sin entrar en juego, es el intelectual, el excéntrico del equipo. Coincido plenamente en lo último. Casillas por ejemplo, siempre me toca cada vez que su equipo marca un gol, o cuando evito que la pelota bese la red. Lo mismo hacen Iraizoz o Pepe Reina, por ejemplo, antes de comenzar el partido. ¡Como si pudiera hacer algo! ¡Si yo me mantengo más tieso que un palo! Y nunca mejor dicho… Pero bueno, en realidad me gusta que lo hagan, es la expresión de una complicidad especial.Barbosa Brasil-Uruguay

Sus logros son efímeros. En constante tensión, pueden pasarse los noventa minutos realizando paradón tras paradón, en actuación memorable salvando a su escuadra de una goleada de escándalo, de esas que sonrojan hasta al más impasible de los mortales, y en un mínimo error, o en un gran acierto del delantero, desmerecer rápidamente la gloria que tanto esfuerzo les costó obtener. Por eso decía Benedetti en uno de sus relatos que los evitagoles no cuentan. Ellos siempre cargan con el peso del descalabro, y además su inocente acción no tiene remisión alguna. El resto de jugadores pueden subsanar su fallo con un tanto, con un buen regate, con un carrerón de cincuenta metros para recuperar un balón. El portero no. Nadie mejor que Barbosa, portero de Brasil en el Maracanazo de 1950, ha resumido esta dura realidad cuando en las eliminatorias para el Mundial de 1993 las autoridades no le dejaron visitar a la Seleçao: “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Y qué queréis que os diga. Yo les entiendo porque a mí me pasa algo parecido. Nadie se acuerda de mí para lo bueno. Contemplo cada jugada, cada penalti, cada remate. Sin entrometerme. Incluso puedo echar un cable para que los tiros terminen entrando. Pero sólo me mencionan cuando la pelota golpea una y otra vez en mi cuerpo sin querer entrar dentro. Los equipos se resignan, aluden al infortunio, como si la culpa fuera mía. ¿Acaso si el balón pasa reiteradamente a centímetros de mí, es mala suerte? ¿Y cuando el balón me golpea y entra, ahí no hago nada? No lo puedo comprender. A los porteros se lo permito. Viven bajo una constante presión y a algo tienen que aferrarse. Pero a los demás… A ver, que entiendo que nunca he sido un dechado de virtudes, eso no lo niego. Como mucho, paciencia y sobre todo saber encajar los golpes. Eso sí que ha sido lo mío desde que nací. Pero yo culpa de algo…¡vamos hombre!. Mejor cambiemos de tema, que me hierve la sangre.

Aquí puedes leer La «profesión» va por dentro [Parte II]

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